CARLOS M. CASTAÑEDA: MEDIA VIDA AL LADO DEL MAESTRO

Treinta años al lado del maestro obligan a comprometerse de por vida con la profesión, con la integridad y el buen gusto

Por Gloria Leal
El Nuevo Herald, viernes 11 de octubre de 2002

Tuve la suerte de conocer a Carlos Castañeda en Puerto Rico el verano de 1970, unos meses antes de terminar mi master en periodismo. He estado cerca de él en las buenas y en las malas la mitad de mi vida. De él bebí la savia del periodismo moderno, una asignatura vital que ninguna escuela enseña. Su pasión por esta profesión la he visto en pocas salas de redacción, sus conocimientos no se leen en ningún libro ni se escuchan en ninguna aula, su compromiso con la verdad no aparece en ningún tratado, sino en todo lo que lo vi hacer, escribir y decir.

Carlos sabía todo lo que se debe saber de un periódico, desde sus entrañas mecánicas hasta el último resquicio para enganchar al lector. Sabía, además, más que nadie lo que es la noticia y lo que son los lectores. El periódico que él tocara, cualquier periódico al que le insuflara su energía, quedaba marcado por la excelencia y el éxito de ventas. He conocido a mucha gente en esta profesión en distintas partes del mundo, pero jamás me he topado con alguien que supiera tanto de periódicos como Carlos.

Vivía para los periódicos y se alimentaba de ellos. Carlos era un hombre de luces únicas, de una intuición natural desmedida, de un instinto por la noticia como pocos. Medía con un olfato especial el alcance del hecho desde una perspectiva global. Se adelantaba al acontecimiento para poder decir qué investigar hasta llegar a la raíz de la noticia, unía el dato lejano al dato cercano con agilidad fértil para enlazarlos.

Sus mejores momentos se daban bajo la presión del tiempo, minutos antes de la hora de cierre. Esperaba toda la tarde por la chispa de su mayor lucidez para encontrar el título que le daría a la primera plana de mañana.

Hace tiempo que Carlos se adelantó a su tiempo. Cuando llegó a Puerto Rico en 1970 con la encomienda de crear un periódico diferente, lo vio antes de crearlo y lo pensó gráficamente. La foto grande, el gran titular, los espacios blancos. Los tres conceptos de un diseñador moderno, cosa extraña a un periodista de prensa escrita. Traía en su equipaje los jugosos reportajes que había escrito en la Bohemia cubana, sus herramientas de reportero estrella y la visualidad gráfica de la revista Life. Con este material creó El Nuevo Día, un periódico de vanguardia, no sólo por su dinamismo y estética, sino por el alcance de penetración que prendió en la calle. La acogida del público fue inmediata. En 20 años se consolidó de tal forma que llegó a los 200 mil ejemplares, dejando atrás toda la competencia posible.

En 1975 lo llamaron del Miami Herald para que ayudara a concebir un periódico en español en esta ciudad. Reunió staff, diseñó concepto, y nació el periódico que años después fue El Nuevo Herald, a donde llegó como director y editor hace cuatro años para imprimir su marca, subir su circulación y aumentar las ventas.

Hemos sido muchos los privilegiados que vimos crear a Carlos un periódico de la nada y convertirlo en un maravilloso ejemplar de venta. Tuve la suerte de estar a su lado en El Nuevo Día por 20 años, en La Prensa de Panamá por dos y en El Nuevo Herald por cuatro. Saboreaba de cerca su periplo periodístico por Colombia, México, República Dominicana, Argentina, donde dejó sus "hijos de papel", como él los llamaba. Disfruté de su energía y su vitalidad, sus cuentos y sus análisis, sus delirios y juicios, sus sueños y esperanzas, sus triunfos y su gran quimera: hacer un periódico en Cuba libre. Que ya tenía listo en su cabeza, para el primer día.

Disfruté con muchos compañeros de sus tertulias hasta altas horas de la madrugada, participando de su conocimiento de la historia, escuchando sus cuentos de los turbulentos gobiernos cubanos, las anécdotas sobre estrellas del deporte y el cine, los presidentes, ministros, políticos, dictadores, científicos, figuras prominentes con quien tuvo encuentros cercanos, sus agudos análisis de la economía, la geopolítica, los males sociales, el alma humana.

Carlos nos dejó hace dos semanas para tomarse unas vacaciones de los tres periódicos que atendía en este momento como asesor, La Prensa de Panamá, El Nuevo Día de San Juan, y El Nuevo Herald de Miami. También preparaba su ponencia de la próxima reunión de la SIP en Perú y otras encomiendas que se han quedado en el tintero. Se fue a Portugal para ver los castillos; ya había visitado los de Francia y los de España. Se fue a descansar para llenarse de aire fresco y de nuevas ideas para nuevos proyectos. Ya tenía pensado el próximo rediseño de El Nuevo Herald.

Es imposible imaginarse a Carlos callado. Es inconcebible pensar que su luz no volverá a iluminar una redacción. Ya no lo veremos entrar por los pasillos con su paso corto y ligero, su voz penetrante, su chaqueta de medio lado, su carcajada sonante o su restañar de puño contra la mesa. Ya no oiremos en las reuniones su acostumbrada pregunta diaria, ¿Cuál es el título?, o su saludo cotidiano ¿Qué hay de nuevo? Carlos se ha ido lejos en un viaje largo desde donde nos estará orientando, alentando, dirigiendo, iluminando, soplando el título correcto, la mejor foto, la palabra acertada, la verdad escondida.

EL PERIODISTA ANTE TODO, EL AMIGO DE SIEMPRE 

por Marcelino Álvarez Pi
El Nuevo Herald, 15 de octubre de 2002

¡Se nos fue Carlitos! El compañero, el amigo de siempre. Hace 60 años nos conocimos en las aulas de 2do.... 3er. grado del colegio De La Salle del Vedado en La Habana. Desde entonces y por su cuenta aprendió mecanografía. Para él, el teclado de la máquina de escribir era como música celestial. Fundamos un periodiquito de 4 ó 6 páginas que imprimíamos en mimeógrafo y del cual publicábamos 20 ó 30 ejemplares para repartir entre los compañeros de aula. Ya en Bachillerato, como miembros de la Academia Literaria José María Heredia, publicamos, él como presidente, una revistica un poco más

"profesional'' .... El Brocal. En Carlos el periodismo era más que una vocación, más que un sacerdocio, era su vida entera, una obsesión, un absoluto. Puedo decir que el periodista más periodista que Cuba ha producido. Grande entre los grandes a la par y en primera fila junto a los Pepín Rivero, Sergio Carbó y Ramón Vasconcelos. Quizá el primero entre los iguales.

Carlos se fue como dice la canción...."sin decir adiós''. Teníamos una cita pendiente para almorzar.... me quedaré esperando. Si en el más allá existen buenos restaurantes allá nos reservará una mesa para todos sus compañeros de aula, con sus espejuelos de aro y su corbatica de lazo, su voz un poco estridente y su amplia y abierta sonrisa. Sus amigos y compañeros del curso de Bachillerato De La Salle 1949 (Vedado) nos hemos quedado sin el hermano fiel. Carlos se fue de paseo y no regresará, quizá si es una manera suave de morir, como en un sueño, una fantasía que se cumple entre castillos medievales y bajo las nubes de una Europa romántica. Aquí no regresará, pero allá donde él está nos espera, nos veremos y todos caminaremos por la calles del Vedado bajo la acogedora sombra de los árboles que bordean sus aceras. Carlos M. el de la sonrisa eterna, la camisita y corbata azul y el pantalón de kaki. Así te recuerdo yo, con el uniforme del colegio, planeando el próximo periodiquito de cuatro páginas.


EL LEGADO DE CASTAÑEDA
Por Sucre Vásquez

El Nuevo Herald, Miami, sábado 30 de diciembre de 2006

Era una diversión, y a la vez una profunda cátedra de periodismo, estar en aquellas tardes de El Nuevo Día de la década de los 70, cuando Carlos M. Castañeda, el Gato para su círculo íntimo, comenzaba la alborada de la nueva edición. Iniciaba, con avidez, pero sin sobresaltos, con extrema seguridad, el trabajo de forjar, el parto diario de un gran periódico. Temprano, a prima tarde, llegaban políticos y los columnistas para un repaso con Castañeda de la actualidad. Luego, iniciaba la búsqueda de su titular de primera página, con los datos de la bitácora informativa, auscultando el cable internacional, o en conversación a fondo con un reportero, hasta que despertaba, con sus ideas y preguntas, la imaginación del redactor. Cuando ya había agarrado el titular, lo demás era accesorio. Su idea central de ''vender'' periódico era tener un gran titular de impacto en su portada del próximo día.

A pesar de su condición de exiliado de la ''revolución'' cubana, tenía una visión amplia del mundo y las ideologías, sin determinismos cerrados, sin que su íntima tristeza por el destino cubano influyera en su condición de periodista serio, objetivo, a tal punto que podía compartir párrafos, con políticos socialistas del escenario puertorriqueño. Sin embargo, era intolerante con la mentira y la insolencia, de forma, estilo y palabra. Era sumamente cortés, pero no entraba en contubernio con la mentira, la falsedad. Su estilo personal de buscar la verdad era su regla de oro en el periodismo, así como la solidaridad con sus periodistas, sin importar las ideologías o tendencias políticas. Buscaba siempre el balance, sin escamotear sus profundos principios democráticos y de respeto a los derechos humanos. Entendía meridianamente la función y el objetivo del gran capital y lo que debe ser el interés público, sin repudiar o plegarse ante el dinero. Sabía que el capitalismo tiene sus grandes virtudes, pero que función primordial del periodista era defender el mejor interés de la gente, comenzando con la oferta de un periódico entretenido, simpático, ágil, dinámico, gráfico. ''El Nuevo Día es un periódico sensacional, pero no sensacionalista'', decía con orgullo de padre.

Las ideas, la visión de Castañeda de ''ser periodista'' están reseñadas en el libro que lleva ese título y que se ha publicado, gracias al empeño, tesón y esfuerzo de doña Lillian Castañeda, su esposa de toda la vida, amor de su juventud, paralelo con el periodismo. Este libro póstumo de Castañeda recopila ideas del maestro, contenidas en conferencias y testimonios de colegas, amigos y discípulos, con el objetivo de contribuir a la formación de mejores periodistas ''predicando con el buen ejemplo'', como solía decir cuando escuchaba el canto de ruiseñor de los farsantes, que tratan de usar a los periodistas para sus fines de conveniencia política o de negocios. Los periodistas profesionales deben ser honestos y amigos de la verdad. ''La honestidad siempre paga, me ha dado resultado'', decía con gracioso acento cubano el maestro Castañeda.

Castañeda con su proverbial gentileza caribeña escuchaba, tenía amigos, pero su compromiso siempre fue con la verdad y jamás tranzó o sometió sus ideas ante el imperio de los grandes intereses, aunque siempre se manejaba con un enorme sentido común, sin caer en la falsa modestia. Mantenía su estilo, clase y distancia.

Los periodistas de oficio, poderosos o humildes, deben honrar, como el sacerdote la sotana y la confianza, como intermediarios de pasiones, intereses, ideologías, tendencias todas que se estriban en la búsqueda de la felicidad, la concordia y el entendimiento. El panfletismo, con difraz de periodismo, es otro oficio.

Los medios para ejercer el periodismo pueden ser menos o más modernos, pero el periodista siempre ha de ser una voz, una luz, para edificar la conciencia. El periodista y la verdad deben componer un matrimonio indisoluble, aun cuando la verdad social es tan relativa y elástica, no sólo por los intereses, sino por el principio, que se aprende en sicología de la información, el cual establece que un mismo hecho puede ser visto de maneras tan diferentes como tantos testigos presencien lo ocurrido. El periodista debe desconfiar de aquellos que pretenden tener el monopolio de la verdad, la misericordia y la justicia. Los hechos dan forma a la historia, pero la interpretación es libre, siempre sujeta a los intereses de los diferentes sectores o actores.

El reto más grande que tiene hoy el periodismo es la credibilidad, tan difícil en un mundo presente tan interdependiente, donde los grandes capitales han descubierto el poder de la información o de la desinformación para proteger sus intereses. Bien decía Castañeda que en el juego político ''sólo hay un cambio de intereses, o de bancos...'' Por eso, el Gato, como se le decía cariñosamente en ese pequeño, pero ''gran periódico'' (El Nuevo Día, de San Juan, Puerto Rico), era un huraño civilizado. Hacía su trabajo con gran acuciosidad y celo, pero desconfiaba de todos, menos de sus cinco o siete reporteros, a quienes daba total apoyo y credibildad, por encima de los jerarcas del ala gerencial del periódico, que se detenían reverentes en su oficina, sin intervenir con la redacción, pues Castañeda primero que director era el pastor vigilante, periodista de los pies a la cabeza.

Hoy hay prensas más grandes, con tintas que se mezclan y dan una imagen que desafían la nitidez del original fotográfico, pero el gran reto de los reporteros, redactores y editores debe ser el mayor apego posible a la verdad, sin dogmas, sin determinismos, con seriedad. Hacer periodismo objetivo será cada día más difícil, pero los grandes capitalistas del periodismo deberían entender que sus ganancias estarán mejor garantizadas por la dignidad, objetividad y seriedad de sus periódicos que por la distorsión interesada. Siempre, siempre se verá la costura, y ahora más, con esa gran autopista de la información que es la internet, que permite separar la paja del grano.

Entiendo que estas enseñanzas de Castañeda constituyen un eterno faro de luz, que aún en el devenir de un nuevo periodismo serán siempre coordenadas esenciales para el ejercio de una profesión que constituye un sacerdocio para mantener viva la verdad a través de la historia.

© 2006 El Nuevo Herald

"Como en el ejercicio sacerdotal, se es perIodista las 24 horas". --CARLOS M. CASTAÑEDA

UN HOMBRE QUE COINCIDIÓ SIEMPRE CON ÉL MISMO
Por Alejandro Gómez

El Nuevo Herald, domingo 19 de agosto de 2006

En el Centro de Convenciones de San Juan de Puerto Rico se celebró la gala anual de la Semana de la Prensa, allí se entregó el Premio Nacional de Periodismo Puertorriqueño. 
Este año, como parte de la celebración del Bicentenario del Periodismo Puertorriqueño se incluyó un reconocimiento al director fundador de El Nuevo Día, Carlos Castañeda, descrito como una figura emblemática de su profesión y uno de los responsables de ``construir la zapata del periodismo moderno''. 

Esto es rigurosamente cierto. Su papel en el periodismo, no sólo de Puerto Rico, sino también de América Latina, fue de profundo impacto. Nada quedó igual tras el paso de Carlos Castañeda, que se iba dejando amigos y volvía cada tanto siendo bien recibido y querido por todos. 

Pero además, Castañeda fue uno esos raros casos en que el hombre coincide plenamente con el oficio que ha elegido. Algo ideal y extraño es que un hombre se realice a través de su trabajo y que éste no sea un simple medio de ganarse la vida. Carlos fue periodista toda su vida, 24 horas diarias, amó lo que hizo y además dejó en quienes lo trataron un enorme respeto por este oficio que consiste que reflejar con honestidad y sentido común lo que pasa todos los días. Integró sus valores, que no eran pocos, en la vida cotidiana y la profesión. Su lealtad y honestidad eran una sola en ambos campos. Y fue emblemático en una época en que carecemos de ese tipo de figura que es, ante todo, un ejemplo de vida. 

Amaba profundamente a Cuba y solía decir que se marchó de allí cuando ya no pudo ser periodista. Eso alcance para medir la importancia que tenía para el su profesión, con la que, según el mismo, estaba casado. 

Este hombre, que ingresó al periodismo grande siendo muy joven, que fue el primero en entrar al Valle de los Caídos que construían en España los presos políticos de Franco, que cenó en Roma con Sofía Loren una noche en que ambos cumplían años, que conoció a decenas de presidentes y le dio la mano a un Papa, este hombre que tocó los más altos niveles de su oficio, fue siempre sencillo, respetuoso con todos y evitó la exposición pública, tan codiciada en estos tiempos. 
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​Algunos periodistas que trabajaron junto a Carlos M. Castañeda en las salas de redacción hablan del Maestro. Estos artículos no aparecen en el libro "SER PERIODISTA, LA VIDA Y LEGADO DE CARLOS M. CASTAÑEDA".

COLEGIO DE LA SALLE DEL VEDADO

IRENE GARZÓN

GLORIA LEAL

FUNDACIÓN EDUCATIVA

CARLOS M. CASTAÑEDA 

Con la tinta en la sangre
PRIMERA HORA
Viernes, 11 de octubre de 2002

Por Nelson del Castillo

SIEMPRE fue un periodista militante, de esos que comparten con sus colegas sin importar la posición jerárquica que ocupen, de los que se metían a la redacción y al taller con pasión.

Todavía recuerdo la primera vez que conversamos. Fue a principios de la década de 1970 en el rincón que ocupaba el naciente diario El Nuevo Día en la esquina derecha del edificio Torre de la Reina en Puerta de Tierra.

Era yo un novato periodista en busca de espacio en los escasos medios de comunicación del país. Carlos Castañeda me recibió amable y me dispensó tanto tiempo que quedé sorprendido, tratándose del director de un diario. Al despedirnos, me instó a regresar un día específico de la próxima semana para que “conversemos más”.

Cuando lo hice, me recriminó que hubiera esperado en la pequeña antesala del diario. “Cuando usted venga a verme, pase directamente a mi oficina”, me dijo, y esa instrucción dio a la joven recepcionista de entonces. “Aquí no nos andamos con ceremonias”, adujo.

Cuando entré a trabajar al diario El Imparcial, los encuentros se volvieron infrecuentes, aunque luego compartíamos en actividades y seminarios de la Asociación de Periodistas de Puerto Rico (ASPPRO), que comenzaba sus andanzas, y a los que él asistía para compartir sus conocimientos y prodigar su amistad.

Vendrían otros encuentros casuales hasta que un día recibí una llamada suya para coordinar una reunión. Trabajaba yo entonces en la Agencia EFE en el turno de cierre. Y ante la dificultad de establecer una hora para vernos, quedamos en hacerlo dos días después. A los pocos minutos me llamó: “¡Oígame, no hay que tener tanta ceremonia! ¿Por qué no viene usted a El Nuevo Día cuando salga hoy?”, y en eso quedamos. Cuando entré a su oficina, cerró la puerta y desplegó sobre el escritorio las páginas de lo que eventualmente sería PRIMERA HORA.

“¿Qué le parece esto?”, me dijo. “Será un éxito, Carlos”, respondí sin tapujos. “¿Usted cree?”, insistió y ante mi reiteración, comenzamos a conversar de mis razones para pensar que el diario tendría acogida. Luego me ofreció ser parte del equipo fundador. Hablamos un poco y al despedirnos me dijo: “Nos vamos a poner de acuerdo, porque yo lo quiero tener aquí”.

Me fui feliz, con la idea de participar en un proyecto periodístico que, por su concepción, yo estaba convencido de que sería exitoso.

Después vendrían los días de fraguar el diario y los primeros meses de trabajo y su frase singular: “¿Qué le parece? ¿Vendemos o no vendemos periódicos?”, y mi respuesta permanente: “¡Vendemos periódicos!”

Y las bromas a Pradip Álvarez y a Diego Méndez: “No se pueden quejar, este diario es una escuela, ¡y hasta les pagamos para que aprendan!”

Y así era, un aprendizaje constante. Sin duda el mayor legado que ha dejado Carlos Castañeda a quienes tuvimos oportunidad de acceder a sus conocimientos y tratarlo por tantos años.

Y es que Carlos Castañeda, que en la madrugada del jueves murió en la hermosa y nostálgica Lisboa, la capital de Portugal, siempre fue un periodista de acción.

 

SUCRE VÁSQUEZ.

Jefe de mil batallas y otras tantas tertulias

PRIMERA HORA
11 de octubre de 2002

Por Irene Garzón Fernández

Cuando los recuerdos son como el vino, mientras más añejos mejores, los amigos nunca mueren aunque estén ya en otra dimensión.

Conocí a Carlos Castañeda en 1970. Tenía ante sí el reto de sacar adelante un nuevo diario. De inmediato hubo química. Quizás por esa vocación de maestro, de comunicarle a los nuevos pinos la experiencia adquirida en el periodismo. Lo hacía sin ambages ni posturas, con entusiasmo, con su sonrisa y hablar característico, con el habano en la boca y la corbata de pajarita en el cuello.

Para aquel entonces yo trabajaba en la desaparecida oficina de United Press International (UPI), en San Juan, ubicada en Puerta de Tierra, a unas pocas cuadras de El Nuevo Día, que estaba en el edificio Torre de la Reina. Al terminar mi jornada laboral, era parada obligada esa redacción de “guerrilleros” que comandaba Castañeda. Era una redacción viva, de tertulia, de cambio de impresiones sin que se abandonara el trabajo. Rafael López Rosas, Ariel Ortiz Tellechea, Néstor Concepción, que lo aguardan desde hace varios años para seguir aquellas interesantes polémicas, eran parte de esas tertulias nocturnas en que no faltaba Ismael Fernández Pacheco, entre otros compañeros.

“Vamos a vestir el muñeco”. Esa era una de sus frases características para hablar en sentido figurado de la presentación del diario cada día. Si una portada no le satisfacía, la desechaba. Defendía el trabajo de las agencias de noticias y preguntaba siempre “¿qué dicen los wires?”. Inclusive decía que un periódico se podía hacer con cables.

Hace cinco años, cuando gestó su último “bebé periodístico”, PRIMERA HORA, recibí una de sus múltiples enseñanzas en esta profesión en la que nunca se termina de aprender. Comenzar las historias con una palabra o frase corta, para llamar la atención del lector.

Recordar por siempre con alegría, hasta un nuevo encuentro, es el mejor tributo a quien hizo del periodismo su mística de vida.

CMC visto por sus colegas

CARLOS M. CASTAÑEDA, EL PERIODISMO COMO INCONTENIBLE PASIÓN 
por Nelson del Castillo

Primera Hora, San Juan, Puerto Rico, sábado 18 de noviembre de 2006

Fue maestro de generaciones de periodistas y creador de conceptos periodísticos exitosos en el continente americano que le valieron reconocimiento continental.

Por eso, cuando el 10 de octubre de 2002 inesperadamente la muerte le dio su abrazo eterno en Lisboa, la hermosa capital portuguesa, donde se hallaba en viaje familiar de recreo, fue un golpe inesperado para todos los que le conocimos.

Porque, a pesar de sus 70 años de edad, Carlos M. Castañeda tenía un dinamismo juvenil impresionante, un entusiasmo por el periodismo que jamás se extinguía.

Tal era su chispa que sus peculiares frases se celebran todavía hoy en la redacción de PRIMERA HORA entre jóvenes que recibieron su calor inextinguible, matizado de la broma constante.

"Como aprende usted en este periódico, y hasta le pagamos", bromeaba con algunos de los jóvenes artistas en la etapa inicial de este diario, que innovó el periodismo puertorriqueño al ser elaborado totalmente en un sistema computarizado.

Ya había revolucionado Carlos Castañeda el diarismo nacional como director fundador de El Nuevo Día, cuyo concepto elaboró destacando el aspecto fotográfico, para hacer escuela en América, a partir de la influencia que había recibido en su etapa de subdirector de la reconocida revista estadounidense Life en español.

Las anécdotas en torno a este innovador periodista no parecen extinguirse jamás entre aquellos que tuvieron algún contacto con su creadora vida profesional. Otros las repiten de haberlas escuchado de algunos colegas veteranos, pero hasta ahora su sapiencia había quedado relegada a las páginas de las publicaciones en que escribió, en el espacio etéreo que acogió sus palabras en múltiples foros y conferencias en torno a lo que consideraba "un sacerdocio".

Por eso, la salida a la luz del libro "Ser periodista, la vida y legado de Carlos M. Castañeda", publicado por la fundación educativa que perpetúa su nombre bajo la supervisión editorial del experimentado periodista Luis A. Villares, adquiere una importancia particular porque pone en manos de los interesados en esta profesión.

Prologado por el periodista Luis Alberto Ferré Rangel, director del diario El Nuevo Día, este libro, con un pulcro diseño de José Luis Díaz de Villegas Freyre y Aileen Castañeda, contiene un "recuento a cuatro manos" elaborado por Lillian Castañeda, su esposa por 45 años, y el escritor Carlos Alberto Montaner; una interpretación del "nuevo periodismo en Puerto Rico" del escritor Edgardo Rodríguez Juliá,  y tres versiones por igual número de colegas suyos --Carmen Dolores Hernández, Sucre Vásquez y Saúl Pérez Lozano-- quienes recibieron su hálito inspirador.

Cierra Ser periodista, la vida y legado de Carlos M. Castañeda, que ya se encuentra disponible en las librerías nacionales, con "Lecciones de primera mano" elaboradas, entre otros, por Wilda Rodríguez, Rubén Arrieta, Chu García, Héctor J. Héreter, Rafael Vega Curry, Gloria Leal, Gerardo Reyes y Jaime Correas, así como una serie de anécdotas contadas por viejos amigos suyos como José Luis Díaz de Villegas, Gary Neeleman, Roberto Eisenmann y Jorge Salazar-Carrillo.

La presentación de este volumen, que resume medio siglo de vida dedicada al periodismo, la realizará, a las 6:30 de la tarde del martes de la semana próxima, Luis Alberto Ferré Rangel en la sala de facultad de la Universidad del Sagrado Corazón, en Santurce.

Tal fue la pasión de Carlos Mauricio Castañeda por el periodismo que, en 1997, anticipaba que "si creyera en la reencarnación, si volviera a nacer mañana, volvería a ser periodista"


ALEJANDRO GÓMEZ