FUNDACIÓN EDUCATIVA

CARLOS M. CASTAÑEDA 


Conversatorio sobre la prensa y el lenguaje:
El español, un instrumento poderoso del periodismo

20 de octubre de 2010​




El miércoles 20 de octubre el Centro para la Libertad de Prensa de Puerto Rico (CLP) y la Fundación Educativa Carlos M. Castañeda celebraron un conversatorio en la Sala de la Facultad de la Universidad del Sagrado Corazón, dirigido principalmente a los jóvenes comunicadores con el propósito de fomentar el amor por su idioma y el buen uso del español.


Las expositoras fueron la doctora Lourdes Lugo, catedrática de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico (UPR), Recinto de Río Piedras; Carmen Sara García, profesora de periodismo de la USC; Ruth Merino, escritora y periodista, y Ana Teresa Toro, periodista de El Nuevo Día.


A continuación, el audio del conversatorio: 



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TRANSCRIPCIÓN COMPLETA DE LAS PONENCIAS DEL CONVERSATORIO:



Del idioma y otros demonios: Retos que enfrenta el español como lenguaje periodístico ante la actualidad y la prisa

Por Lourdes Lugo-Ortiz

Dice Álex Grijelmo en su libro “El estilo del periodista” que el que se precie de ser bueno en esta profesión, debe saber redactar bien y rápido, y cito: “No tiene mérito escribir bien pero despacio, ni mal con velocidad”. Es, precisamente, la rutina del periodismo moderno —y estoy hablando de la prensa comercial, impresa e Internet, que es el tema que nos convoca en el panel de hoy—la que depende de unos profesionales que además de ser buenos buscadores, interpretadores y comunicadores de información, posean, o más bien persigan, el dominio idiomático, y, con ello, el don de la buena redacción, producida en el marco de lo urgente.

El español en el contexto periodístico puede verse de varias formas; sin embargo, hoy voy a concentrarme en dos de ellas. La primera, la lengua como una herramienta de trabajo del periodista, y la segunda, el idioma como creador del conocimiento con el que se construye el imaginario social de nuestros lectores-usuarios.

El español se percibe como una herramienta para el periodista, porque es ésta la que le permite no sólo ser el vehículo para la búsqueda informativa, sino porque facilita que lo que se les comunica a nuestros lectores-usuarios se caracterice por la claridad, precisión, concisión, corrección y fuerza. Como herramienta, ésta debe ser pulida y estar en óptimas condiciones. Y, para lograrlo, tengo que decir que, lo primero y ante todo, es que al periodista debe importarle el uso del idioma. Debe querer y, por lo tanto, debe poder manejar los aspectos técnicos de su instrumento: ortográficos, gramaticales, sintácticos y lingüísticos. El buen periodista debe partir del saber idiomático, y, luego, si le apetece y si es necesario, romper la norma y hacerla pedazos. Como afirma Grijelmo, es desde el conocimiento que podemos ser transgresores del idioma, no desde la ignorancia.

No obstante, cometer errores es parte de nuestra humanidad y mucho más cuando se trabaja con prisa, pero también es responsabilidad individual y del medio, como colectivo, entender que la corrección idiomática es fundamental. Primero, porque se comunica con mayor claridad. Finalmente, los errores se convierten en ruidos que obstaculizan el proceso de comunicación. Segundo, porque, para mucha gente, lo que se escribe en la prensa representa su única exposición a la redacción meridianamente culta. Esto juega con la percepción de que si lo leí en el periódico es cierto, es correcto. La responsabilidad es muy grande para pensar que no es relevante. Sé de periodistas cuya redacción es tan retorcida que los mismos medios los han tenido que enviar a tomar talleres de redacción. Este tipo de periodista es el que tiende a menospreciar, e incluso a ver con sorna, la corrección idiomática. También, sé, por experiencia propia, que contamos con grandes periodistas para quienes la excelencia en la redacción es una constante búsqueda en su labor, lo que impacta de forma maravillosa su trabajo. Según Mario Vargas Llosa, y lo cito parcialmente: “Escribir con la urgencia y la inmediatez que exige la prensa” no impide que el periodista sea “riguroso e incluso profundo” ni lo exime de “tener un idioma rico, original y creador”. La creatividad y la corrección en la práctica periodística no son excluyentes entre sí Pero el papel de la lengua en el periodismo es más que la de ser un instrumento de trabajo. Y esto me lleva al segundo punto: la lengua como medio para crear conocimiento. Lo obvio es que influye en el uso del idioma y en cómo la gente percibe el uso correcto de la lengua. Sin embargo, lo que me interesa es que reflexionemos sobre cómo mediante el lenguaje se crea conocimiento, y cómo, a través del cual, la información se hace inteligible, coherente y significativa. La adopción de ciertas estructuras lingüísticas pueden potenciar, como pueden reducir, las capacidades de nuestro público. Ya lo ha expresado Nietzche: “Toda palabra es un prejuicio, y toda palabra tiene su olor”.

Se debe recordar que la misión del periodismo es informar y educar sobre los asuntos que pueden ser de importancia para que la gente tome decisiones acertadas sobre sus vidas y, de acuerdo con Kovach y Rosenstiel, para “comprender el mundo”.6 En otras palabras, la prensa sirve para afianzar nuestro sistema democrático, y éste sólo se enriquece desde el conocimiento.

La palabra, como parte del discurso periodístico, hace tangible al mundo. Al igual que el visual y el oral, el lenguaje escrito regula la conducta, construye identidades y subjetividades y define la manera en que ciertas cosas son representadas, pensadas, practicadas y estudiadas. La lengua crea posibilidades y las cierra. Al decir del filósofo alemán Heidegger, “es muy probable que la lengua determine la manera en que la experiencia será registrada y luego recordada”. Entonces, en el aspecto cognitivo, el lenguaje comunica más allá de la palabra. No vale lo mismo una palabra que otra, no vale lo mismo una imagen lingüística que otra. Para ser consciente de ese imaginario que el lenguaje escrito puede evocar, se requiere que el periodista entienda este proceso. Por eso, Grijelmo ha nombrado a las palabras “embriones de las ideas, el germen del pensamiento”. Las formas en que se llaman las cosas impactan la manera en que se piensan.

El conocimiento que se tiene de la cultura, de la política y de la historia afectan nuestras posturas y a su vez influyen en cómo adoptamos el lenguaje. Cuando se llaman “crímenes pasionales” aquéllos relacionados con la violencia doméstica y con la desigualdad por razón de género; cuando usamos el lenguaje para identificar el estado civil y familiar de las mujeres versus el de los hombres en las mismas circunstancias, o cuando usamos sólo el primer nombre para identificar a las mujeres, se van configurando en nuestro imaginario el rol por razón de género en una sociedad. También, cuando se usan datos de forma discriminatoria para identificar a un grupo étnico sobre otro, por ejemplo por nacionalidad para los notas policíacas, o cuando adoptamos la palabra “ilegales” para referirnos a los “indocumentados”, el lenguaje sirve para asignar y perpetuar el lugar que deben ocupar ciertas comunidades sobre otras en nuestra sociedad.

Para poder evocar imágenes que lleven al público más allá del suceso, el periodista debe potenciar sus destrezas lingüísticas, y una de esas formas es siendo un ávido lector. La exposición a textos de valía, no literatura chatarra que llenan muchos estantes, nos ayuda a relacionarnos con la lengua y con el mundo. La lectura de calidad nos lleva a pensar de otras maneras, a ver las cosas desde otras perspectivas y a apreciar el lenguaje desde otro lugar. Es importante reflexionar en dónde nos posicionamos en cuanto al uso de idioma, preguntarnos, por ejemplo, ¿qué hacemos para enriquecer nuestra lengua?; ¿cuándo fue la última vez que leímos un texto de valor literario, histórico o político?; ¿qué recibimos de ese texto? Además del medio impreso en el que trabajo, ¿a cuántos otros medios escritos nacionales me expongo diariamente? ¿A cuántos del extranjero? Quizás, estas contestaciones podrían ayudar a diagnosticar una condición.

Pensar la lengua española como herramienta y como creadora de conocimiento, me lleva también a deliberar sobre uno de los retos que enfrenta el español en la práctica periodística de hoy día que, de no atenderse con premura y seriedad, pondría en crisis el idioma y al periodismo mismo. Y tiene que ver con la manera en que se ha adoptado la Internet como plataforma informativa, caracterizada por la inminente actualidad, que exige que se produzca un flujo constante de información. No voy a hablar de las bondades de esta plataforma, que se distingue por la accesibilidad, actualidad y lo multimediático. La Web es sumamente valiosa, y de eso no hay duda. Me interesa, más bien pensar en cómo las rutinas periodísticas que se han adoptado en los medios cibernéticos han impactado la lengua… y, por lo tanto, el conocimiento. Por un lado, la Red ha forzado a las empresas noticiosas a producir contenido de forma continua para que atraigan usuarios constantemente. Y, para lograr esto, se ha inundado a los medios tradicionales y cibernéticos “con flujos de información inútil”. Según Siegel, se ha equiparado “la información con el poder del conocimiento” y, “en el proceso, el conocimiento se ha desvalorizado para pasar a ser información”. La banalización y la espectacularización de la información se han convertido en la primicia. Mas, por otro, que es lo que nos compete principalmente esta mañana, la prisa de publicar, en ser los primeros con la noticia para poder competir en el mercado, redunda no pocas veces en una redacción defectuosa, plagada de “horrores”, que no sólo pone en entredicho el dominio idiomático, sino también la credibilidad del periodista y del medio. Aquí es cuando, con frecuencia, vemos cómo no se distingue entre una “c” y una “s”; o no se diferencia el uso de la “a” con la “h” [ha], del verbo “haber” como auxiliar, y sin la “h”, cuando funge como preposición, y la incapacidad de identificar cuándo la sintaxis está tan trastocada que oscurece la comunicación o, dicho en otras palabras, cuando la redacción no se entiende. Entonces, la inminente actualidad no sólo puede impactar la calidad del contenido periodístico, sino también el uso del lenguaje. Mas, no tiene que ser así.

A raíz de la entrada de la Internet, se han dado cambios en las redacciones y en las rutinas de producción de los medios informativos. Se ha eliminado o reducido considerablemente la función de los correctores. Se debe recordar que la historia debe ser colgada cuanto antes. A muchos periodistas de prensa escrita que trabajan con noticias del momento, y que estaban acostumbrados a ponderar más la información, o solían tener más tiempo para redactar sus notas, ahora, se les exige que dicten una nota de cuatro párrafos en los primeros diez minutos en que ha finalizado el evento, a modo de agencia de noticia, para ser publicada en la plataforma cibernética. Los que solían depender del editor para que les reescribiera la historia, porque son buenos reporteros pero malos redactores, esta plataforma los ha puesto en evidencia. Los buenos redactores que caen en las manos de los editores con menos destrezas, sufren cuando ven publicada, plagada de errores, la historia firmada con su nombre. La pregunta es si no vale la pena, quizás, darle unos minutitos más a la nota para que pase el cedazo de un buen corrector y, de esta forma, evitar estas fallas. Es una situación sobre la que los medios tienen que ponderar. Y, claro está, reconozco que encontrar buenos correctores que puedan laborar en un medio no es tarea fácil, pero esto es algo sobre lo que hay que actuar, y pronto. Sé que para los medios, el criterio que prima es que si la historia no se publica con premura, el usuario usará otra plataforma para informarse. Pero las preguntas que por obligación surgen son: ¿Cómo una página plagada de errores afecta la credibilidad del medio? ¿Si el medio se equivoca en errores obvios, también no se equivocará en los menos obvios, como, por ejemplo, en los datos que presenta? ¿Podría la falta de credibilidad ahuyentar a los usuarios y llevarlos a una página que se perciba más confiable?

Adoptar un uso limpio y, por qué no, correcto de la lengua es un reto que enfrentamos todos, desde la academia hasta la práctica profesional. El idioma es vivo y es cambiante, y dominarlo se convierte en una constante búsqueda que requiere mucho esfuerzo. La pregunta que nos debemos hacer como profesores, como aspirantes a periodistas, como periodistas y como supervisores en los medios es: ¿qué acciones estamos dispuestos a tomar para que la práctica profesional potencie el uso idiomático y finalmente, para que potencie el conocimiento de la ciudadanía? La contestación está en las manos de todos nosotros.

 La doctora Lourdes Lugo-Ortiz es catedrática de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico (UPR), Recinto de Río Piedras. Obtuvo su doctorado en comunicación masiva y periodismo, con concentración en estudios latinoamericanos y estudios sobre la mujer, en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Wisconsin-Madison.

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Manuales de estilo periodístico: en defensa de la comunicación escrita

Por Carmen Sara García

Estos libros, usualmente de edición sencilla y de fácil manejo, surgen por la necesidad de las empresas periodísticas de contar con unas directrices que uniformen los modos y los usos del idioma en la redacción de los diversos escritos que aparecen en una determinada publicación.

Martin F.Yriart, en un artículo publicado en la revista Chasqui, describe al manual de estilo como “manual de producción, que engloba no sólo los aspectos léxicos, semánticos y gramaticales”, “sino, además y sobre todo, las herramientas y operaciones que garantizan que el producto sea lo que sus editores desean”, y que pretenden legitimar al medio frente a sus consumidores.

La página electrónica sobre Medios de Prensa del Ministerio de Educación del Gobierno de España se refiere al manual de estilo como “el conjunto de normas lingüísticas y de estilo que una publicación periódica establece (también las agencias informativas, las emisoras de radio y las cadenas de televisión) para que sus mensajes o textos periodísticos sean más coherentes, más eficaces y más correctos”. Esta misma página señala que los manuales de estilo plantean unas normas lingüísticas sobre cuestiones fonéticas, gramaticales y de léxico; y establecen unas normas estilísticas propias del trabajo periodístico.

En términos más concretos, los manuales de estilo permiten fijar la identidad de la publicación, eliminan las dudas en la aplicación del lenguaje, unifican el uso del idioma y colaboran en la defensa del idioma.

El primer manual de estilo en idioma español es el “Manual de Selecciones: Normas generales de redacción”, publicado en el 1959 en La Habana, Cuba, por la compañía Selecciones, del Reader’s Digest S.A. Este Manual estaba dirigido prioritariamente a lograr una buena traducción del inglés al español de los artículos publicados por esta destacada revista, ya desaparecida.

Desde entonces, han adquirido relieve el “Manual de Estilo” de la Agencia EFE, ahora “Manual de Español Urgente”, publicado por primera vez en 1975, y otros de destacados periódicos como Clarín y La Nación, de Buenos Aires, y El País, de Madrid. Desde entonces han surgido diversos manuales de estilo que intentan amoldarse a los usos generalizados del español en las zonas geográficas que atienden las publicaciones. Nuestro manual de estilo “Periodismo sin gazapos” es un ejemplo de esto.

Internacionalmente, los manuales de estilo más utilizados aparentan ser “The Associated Press Stylebook”, de la agencia de noticias Prensa Asociada, y “A Handbook for Reuter Journalists”, de la agencia inglesa Reuter.

La gran mayoría de estos manuales incluyen en sus páginas, como hemos indicado, una serie de normas ortográficas y sintácticas para hacer uniformes, claros, coherentes y apropiados los usos tan diversos de nuestro idioma español. En la actualidad, muchos incluyen también secciones que permiten adecuar los vocablos referentes a diversas prácticas profesionales y asuntos sociales con que lidian los periodistas en el afán de su trabajo diario.

Ejemplo de estas particularidades son glosarios referentes a la banca, la ecología, los deportes, la jurisprudencia, así como indicaciones al momento de usar el léxico referente a situaciones como maltrato, violencia, sexismo, orientación sexual, racismo y prejuicios. En ocasiones, incluyen también normativa sobre el desempeño profesional que deben tener los periodistas en el sentido ético, el laboral, el empresarial y el legal.

En este aspecto del contenido, algunos estudiosos establecen que no ha habido una discusión amplia en torno a lo que debe ser el contenido y las funciones de los manuales de estilo. Varios de ellos establecen que los manuales de estilo sólo deben contener los aspectos de unificación de los aspectos lingüísticos de la redacción, mientras que los aspectos de desempeño profesional deben desarrollarse en los conocidos “manuales de periodismo”, que son, en el mejor sentido, libros de texto sobre la disciplina de estudios del periodismo, que prescriben conceptos, recomendaciones de procedimientos, normas de presentación, redacción y argumentación.

En el caso de Puerto Rico, destacamos el “Manual para periodistas: conocimientos y principios básicos”, recientemente reeditado, de la colega profesora de periodismo la Dra. Milagros Acevedo, y el “Manual de periodismo escolar”, editado por el Centro para la Libertad de Prensa de Puerto Rico. A mi modo ver, la fusión de ambos aspectos, que es al momento la práctica más generalizada, ha contribuido a complementar y a dar coherencia a los enfoques necesarios para continuar las buenas prácticas lingüísticas y las buenas prácticas profesionales de los periodistas.

Yriart señala, y concurro con él, que el manual de estilo periodístico debe ser algo así como “un auténtico libro de cocina, pero no una enciclopedia”, por lo que debe tener dos aspiraciones: ser económico y útil (una herramienta de consulta sobre el escritorio o en la computadora), y debe ser fácilmente modificable, es decir, debe poder renovarse a medida que el producto periodístico evoluciona. Asegura Yriart que el manual de estilo “debiera ser

un manual acerca de cómo realmente se hacen las cosas en la organización. No acerca de cómo los ángeles las harían si descendieran de los cielos…”.

Se debate también si los manuales de estilo realmente son necesarios para una prensa de calidad. Por supuesto, algunos críticos indican que sí y otros que no. Yo me inclino a pensar que sí, que es necesario que ese acompañante nos recuerde constantemente nuestra razón de ser democrática y fiscalizadora, a la vez que nos dirige en el fundamental quehacer de defender nuestra principalísima herramienta de trabajo y comunicación: nuestra lengua española.

Hoy, más que nunca, haría falta un manual de estilo periodístico de utilidad para todos los que escriben para publicar en algún medio. Con el surgimiento del llamado “periodismo ciudadano” (así, entre comillas por falta de un análisis cabal sobre el término, aunque por el momento preferiría reconocerlo como “participación ciudadana”), accedemos, literalmente, a cuanta cosa se le ocurre decir a la gente. Encontramos toda clase de comentarios, Web blogs que tratan una enorme cantidad de temas y enfoques con diversos niveles de interactividad, personificación, multimedia, hipertextualidad, y de realidad. Todos, con nuevas claves comunicológicas, que hay que aprender a interpretar.

Y esto no está mal, pero decididamente es imperativo que las personas creen conciencia de que el uso de la lengua escrita reviste una gran responsabilidad, pues los mensajes comunicados, muchas veces, adolecen de claridad, de coherencia y hasta de interés. Es necesario que se comprenda que los mensajes escritos y publicados para compartir con “el mundo” adquieren un carácter muy especial que nos identifica y nos define como individuos, como parte de un colectivo y como parte de un pueblo de ideas profundas que deben compartirse con efectividad.

Ya existen en la Internet diversos manuales de estilo periodístico interactivos, pero les falta camino por recorrer para ser efectivos. Muchos contienen diccionarios, glosarios, y manuales que transfieren sus contenidos tradicionales a la Web. Este esfuerzo constituye un gran paso. Ahora habría que trabajar para concienciar a ese ciudadano interesado en la comunicación escrita de la legitimidad y la trascendencia de su lengua vernácula, idioma que hay que seguir desarrollando, defendiendo y valorando.

Muchas gracias.

Carmen Sara García es catedrática en el Departamento de Comunicación de la Universidad del Sagrado Corazón (USC). Posee una maestría en artes, en estudios hispánicos, de la Universidad de Puerto Rico, donde obtuvo su bachillerato en artes en estudios hispánicos. Igualmente, posee una maestría en ciencias, con concentración en periodismo de la Universidad de Illinois. Es coautora del libro Periodismo sin gazapos, junto a Ivette Maisonet Quiñones, también profesora de periodismo en la USC.

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El español: un instrumento poderoso del periodista
Por Ruth Merino

Voy a contar algunas anécdotas, porque pienso que en esto del periodismo las anécdotas sirven de mucho. Les quiero confesar algo. Cuando empecé en el periodismo, —hace mucho tiempo de eso, no voy a decir exactamente el año—creí que todo el mundo que estaba en el periodismo sabía escribir. Y me encontré con una realidad: eso no es cierto. Muchas personas —y los que
somos periodistas aquí, las profesoras también lo saben–muchas personas son excelentes periodistas, con un olfato extraordinario, con la capacidad para tener y mantener la ética que se necesita en la profesión, con valores fundamentales del periodismo, personas buenísimas a la hora de buscar la información, de detectar la noticia, de saber cómo hacer la pregunta correcta y atinada, de entender de lo que se les está hablando. Sin embargo, a la hora de escribir, fallan… Me tropiezo con talentos extraordinarios a la hora de buscar la información. Y luego, esas mismas personas tienen fallas que yo pienso: ¡Dios mío, cómo es posible!

Esta es una de las anécdotas que comparto con ustedes. Estoy hablando con alguien que tiene talento como reportera, una persona que yo admiro precisamente por eso, y ella me trae algo que ya ha sido publicado, por supuesto hace mucho tiempo. Estoy mirando el reportaje escrito por ella y estoy pensando, en primer lugar, “Oh, Dios, cómo es posible que esto se haya publicado y por qué no me trajo esto antes para que yo lo viera”. Y estoy mirando y pensando “voy a decir algo sobre esto porque es insoportable”. Y miro a la persona. Esta es una joven reportera, de 21 años, que me está mirando, y ¿qué es lo que yo detecto en esa mirada? Grandes ojos verdes, llenos de pánico, anticipando precisamente la cosa horrible que yo le voy a tirar. Algo como “Esto no sirve para nada. ¿Cómo es posible que se haya publicado, en primer lugar, y cómo es posible que tú te atrevas a traer? Blah, blah, blah”.

Miré esos ojos, anticipando el momento difícil de reconocer que su obra no servía. Creo que ella tenía la intuición de que no servía, por eso me la había traído. La miro, noto el temor, bajo la vista para que ella no note los ojos míos, que llevan un mensaje, pues ya ustedes se imaginan cuál era. Cuando levanto la vista, ya tengo la estrategia y le pregunto: “Cuando tú recibiste esta asignación, ¿cómo fue que tú planificaste esto? ¿De qué manera visualizaste el reportaje, para entonces comenzar a estructurarlo?” Y ella me dijo: “No, yo no pensé en nada de eso”. Yo le dije: “Bueno, pues entonces empecemos ahí. Empecemos a pensar en lo que es la planificación. Empecemos a pensar en dónde están las fuentes. Empecemos a pensar cómo se va a estructurar el escrito”.

Nada de lo que está escrito es espontáneo verdaderamente. Todo está planificado. Todo responde a un pensamiento clave, que ayuda en la jerarquización de la información. Si yo como reportera buena, busco 100 datos, a lo mejor solamente voy a poder usar 40. Pero si no tengo mis 100 datos, ¿cómo rayos voy a poder escoger justamente los 40 que me hacen falta, para yo entender el conjunto, que es lo que tengo que hacer para saber dónde es que está la noticia? Entonces, yo descubrí ahí la necesidad de la capacitación dentro de los medios de información. Y es algo que yo, como reportera, me beneficié de eso, enormemente.

Me beneficié de los buenos editores, de los editores que, en mi país de origen, Chile, quizás no tuvieron el tacto que hay en Puerto Rico para trabajar con la gente. Me trataron como [se ríe y se golpea la mano]. “¿De dónde usted saca esto señorita Merino?” “Bueno, es lo que todo el mundo sabe”, le dije. “Y a mí no me importa lo que todo el mundo sepa. A mí lo que me interesa es lo que la fuente le dijo”, me respondió. Ese fue un diálogo que nunca he olvidado.

Otra anécdota. “¿Qué trajo en el día de hoy?”, me preguntó mi jefe. Le respondí: “Bueno, yo estaba buscando, fui a tal parte, fui a tal parte”. “No me diga a dónde fue, dígame qué trajo”. “No traje nada. No me recibieron en ninguna parte. No me ayudaron en ningún lado”. Mi jefe me interrumpió: “Nunca vuelva a los medios, a un medio de información sin tener la información. Nunca regrese a la redacción de un periódico sin tener información. Ahora, agarre esto. Tome. Traduzca. Busque fotos. Prodúzcame una página”. “A propósito, (también me dijo el jefe, del periódico Crónica), yo tenía una página para usted. La página va a ir en blanco. En el medio de la página va a haber un cuadrito y ahí va a aparecer el siguiente texto: La señorita Merino hoy fue a todas partes y no consiguió nada”. Nunca se me olvidó. Nunca se me olvidó.

Yo tuve suerte de tener editores, que tanto en Chile como en Puerto Rico, me cogieron de la mano cuando tuvieron que hacerlo. Tengo suerte en el día de hoy, cuando escribo de vez en cuando para el periódico El Nuevo Día. Tengo un magnífico editor, Francisco Vacas. Francisco y yo tenemos como este, esta… A mí me gustan los puntos suspensivos. A Francisco no le gustan. De manera que, cuando yo uso puntos suspensivos, tengo que ir a hablar con él: “Francisco, lo usé por tal motivo. Este es el efecto que yo quiero lograr”. Me dice: “Ya lo leeré, ya veré si hace falta y, si no, te los quito”.

Buenos editores con buenos reporteros trabajando, de esto es que se trata, ¿verdad? Y yo pienso que es importantísimo que entendamos esto. Que entendamos que la dinámica entre el editor capacitador, el editor que está muy dispuesto a compartir muy generosamente su conocimiento con la persona que viene recién graduándose de universidad. La mayor parte de nosotros cuando salimos de escuelas de periodismo —yo soy producto de tres escuelas de periodismo—estábamos listos para que nos enseñaran. Y si tuvimos la humildad de aceptar, entonces nos desarrollamos como periodistas.

Yo estoy diciendo estas cosas porque esta es la realidad de la vida. Si yo quiero tener un periodista fabuloso y estupendo —Helga (Serrano) decía esto, quizás ella en este momento lo va a recordar—necesitamos cinco años para desarrollar a un reportero, cinco años de estarlo llevando a diferentes fuentes, de estar trabajando con él, de estar diciéndole: “Sabes qué, está muy interesante tu información. Me pusiste la noticia en el último párrafo y te voy a explicar por qué”, cinco años en los cuales va a haber una preparación para que ese reportero en realidad esté preparado para el trabajo que se espera de él. En poco tiempo, entender la información. En poco tiempo, jerarquizar la información. En poco tiempo, escribirla, de una forma que en primer lugar se entienda y, bueno, si el reportero es capaz no solamente de hacer todo eso, sino de además añadir talento literario, con recursos literarios, sin apartarse de la verdad,… ¡óiganme! Perdónenme. Banda municipal en la alfombra roja. Trompetas que suenen como delicados tonos angelicales. Sí. Regocijo total. En una redacción se espera tener ese tipo de talento, ojalá siempre, pero no siempre está el talento así, desarrollado, de esa manera o completo: reportero magnífico, estupendo escritor. Eso es lo ideal.

Miren lo que tiene que hacer un reportero: tiene que tener una vida en la cual va a estar Navidades trabajando; el huracán lo pasa en los periódicos o buscando fotos o buscando información en lugares peligrosos. En los cumpleaños, lo siento mucho. ¿Sabes qué? Tienes que trabajar. En Chile me tocó trabajar 25 horas seguidas en una ocasión y aquí en Puerto Rico, yo era editora y tenía que esperar que terminara una huelga y eran las tres de la mañana, esperando que salieran los líderes de la unión que estaban reunidos con el Gobierno y cuando salieron dijeron: “La huelga sigue”. Pero nosotros teníamos que estar ahí. De manera que, ese día trabajé 19 horas seguidas y me siento muy feliz de pensar que tengo la salud para aguantar eso.

Entonces, el periodista tiene que tener todo eso. Y tiene que tener una ética totalmente a prueba de cualquier clase de tentación. Nosotros, como periodistas, estamos cerca de las fuentes del poder, y, sin embargo, no podemos aprovechar ese poder para nada. Conocemos a la gente. Yo he entrevistado prácticamente a todos los gobernadores de Puerto Rico, magníficas fuentes de información, estupendas, pero jamás en la vida puedo usar esos contactos para algo propio. La ética está de por medio, de manera que se necesitan todos estos factores para que un periodista funcione.

Volvamos a lo del idioma. Dicen los que saben sobre esto, científicos fabulosos que a mí me encanta leer, que realmente el lenguaje es lo que nos transformó a nosotros en seres humanos. Poco a poco, el ser humano fue creando un lenguaje enormemente complejo, que le permitió unirse, que le permitió establecer vínculos de solidaridad y de cooperación con los demás. Vínculos sumamente sofisticados. Y el resultado de eso es que estamos todos aquí. Tenemos un idioma con el cual podemos comunicarnos y hay muchos idiomas en el mundo —unos cuantos están desapareciendo–y hay una actitud de preocupación con respecto a esto. De manera que si el lenguaje es lo que nos transformó a nosotros en seres humanos, claro que tenemos que defenderlo.

Yo pienso que hay una preocupación muy grande aquí en Puerto Rico, en mi país (Chile), en toda Centroamérica —que yo conozco porque he estado viajando mucho por allí—por la calidad de la educación del estudiante en el día de hoy. La universidad recoge estudiantes que vienen de escuela elemental, pasan por la intermedia, pasan por la superior y llegan a la universidad. Y, a veces, llegan a la universidad con unos problemas graves que las universidades han tenido que enfrentar, creando cursos que realmente no deberían estar siendo creados a nivel universitario, para poder dar alguna solución a estas fallas tan grandes. La redacción es una de las materias que ha, lamentablemente, caído en desgracia en la forma, vamos a decir, rigurosa que se enseñaba antes. ¿Cuántos ensayos escriben los niños chiquitos, con sus maestras corrigiendo? ¿Cuántos dictados de ortografía hacen ahora? ¿Cuánta apreciación real se hace del que escribe bien y del que necesita hacerlo en el futuro? Y, si tiene fallas, hay que bregar con eso.

De manera que, yo diría, y en esto totalmente concurro con la Dra. Lugo, la preocupación por el idioma es la preocupación de todos nosotros. Es la preocupación de los padres, de que se provean libros a sus hijos, se incentive la lectura, en este tiempo de lo audiovisual. Es una tarea titánica, pero se puede lograr. Pueden los padres leerles a los hijos para que empiecen a asimilar buenas estructuras gramaticales. Nosotros tenemos un cerebro gramático que nos permite efectivamente aprender. Ustedes saben que los niños deducen las reglas del idioma, del uso. Si no, uno tendría que sentarse con ellos y torturarlos, esos pobrecitos chiquititos de dos, tres años, diciéndoles: “Nene, mi amor, te tengo que hoy enseñar la conjugación del verbo en presente y mañana te lo enseño en pretérito”. Y, seguramente, el niño inmediatamente se daría por vencido y decidiría nunca hablar. Yo no lo culparía, pero, por suerte, tenemos un cerebro gramático. La estructura mental con la cual nacemos nos permite asimilar el idioma. ¿Qué tenemos que hacer para entonces desarrollarlo? Leer mucho.

Miren, un periodista que no lee, ¿qué le pasa?, o sea, ¿cómo es posible? No, no, no, no. A veces, a mí me ha tocado reclutar personal y yo tengo que hacer una confesión y esta es otra anécdota. Yo llevo la conversación de forma muy disimulada, la persona no lo está notando, hacia el asunto de los hábitos de lectura. Para mí son muy importantes. Entonces hablo sobre películas. Le digo, “oye, ¿sabes qué?, está interesante la película tal que están dando en tal lugar”. “Sí, sí. Muy buena”, me responde. Le digo, “está basada en una novela, escrita por….” Mirada en blanco, verdad. “Y entonces esa novela se asemeja un poco en términos de la temática. ‘El otoño del patriarca’” se parece un poco a “El señor presidente”. (Mueve los ojos y hace un gesto mordiendo los labios hacia adentro, en señal de intriga y asombro) ¿De qué me están hablando aquí? Si la persona es capaz de decir: “Claro, ‘El señor presidente’, de Miguel Ángel Asturias, que ganó un premio Nobel de Literatura”. ¡Ajá! Encontré un adicto a la lectura. Magnífico. Estupendo. Buen antecedente. Gente que lee mucho. Los estudiantes necesitan que al
guien se los diga de nuevo: leer es fundamental y deben leer buenos autores. Porque por lo mismo que tenemos un cerebro gramático, que nos permite asimilar el idioma, la
forma en que lo hicimos desde chiquitos y deducir las reglas del idioma, de la misma manera absorbemos lo malo del idioma que se estáusando. Yo tengo mucho cuidadoen escoger, para las lecturas que yo hago, los mejores autores posibles. Recuerdo que cada vez que mi hijame traía una composición, algunas de ellas muy divertidas, yo me moría de la risa leyéndolas. Tenía seis osiete años y yo le daba su pesetita. Era una forma de incentivarla para que siguiera aprendiendo. Esto es lo que los padres podemos hacer, de manera que, leer mucho, leer buenos autores, incentivar la lectura en las personas que se están desarrollando junto a nosotros y programas que presten atención al idioma desde que los niños son chiquitititos.

En Puerto Rico, al igual que en otros países, hay una influencia muy grande del inglés. Yo les advierto a ustedes que cuando escriban algo lo recuerden. La influencia del inglés es tan grande que no sé, a lo mejor no se van a dar ni cuenta, que lo están usando. Por ejemplo, la voz pasiva. “El discurso por el presidente”. Cada vez que yo escucho eso me da un ataque. No es el discurso por el presidente. The speech by the President está bien en inglés, pero nosotros diríamos, nosotros usaríamos el sujeto, verbo y predicado. Es lo que usualmente, lo que correctamente se usa en nuestro idioma, así que tengamos cuidado con la voz pasiva. Tengamos cuidado con los anglicismos injustificados. Tengamos cuidado en términos generales con esa influencia tan grande del inglés.

Yo tengo algo que es importante con respecto a la preocupación de los medios, por lograr, desde luego, absolutamente, el mejor personal. ¿Cuál es ese personal? Ya lo dije: el que escribe bien y el que reportea bien y el que tiene una actitud ética, clara y firme y conoce los valores de la profesión y está dispuesto a sacrificarse. Miren todo lo que yo dije. Esa es la persona que estamos buscando en los medios. No siempre nos llega. Cuando no nos llega, está entonces el proceso de capacitación dentro de la misma empresa. No solamente se enseña tecnología. Yo estuve recién en Honduras y allí me llevaron a dar seminarios sobre redacción periodística. Esa gente sabía más de tecnología que yo porque yo me fui del periódico El Nuevo Día el año pasado, donde era editora. Me fui y, desde entonces, no he cogido ninguno de los seminarios que se dan sobre tecnología, de manera que yo estoy atrasada y los chicos reporteros de Honduras estaban mucho más adelantados que yo, pero lo que la gerencia quería era que yo compartiera con ellos asuntos de redacción: cómo redactar mejor, cómo estimular más la búsqueda de la información, cómo acercarse a una de las cosas que se dice dentro de la escritura, que es maravillosa, a mí me encanta decirlo, pero ¡cuidado que es difícil lograrlo! Un autor norteamericano, (Edgar Lawrence) Doctorow, dice: “Cuando nosotros escribimos, no se trata solamente de que le informemos a alguien que está lloviendo, sino que los hagamos sentir que se están mojando”. Y ese sí que es un desafío grande para cualquier escritor. Por el momento, yo me conformo con decirle a la gente correctamente que está lloviendo y si algún día yo misma logro, y otra gente que está a mi alrededor logra, tener los recursos del idioma para hacerlos sentir que se están mojando, bueno, pues, magnífico también.

Hay una preocupación muy grande en los medios por capacitar a la gente y, no solamente en Puerto Rico existe esa preocupación, sino en todos los países a los cuales yo he ido. La gerencia está muy preocupada. Esta es la última anécdota que les quiero contar. Yo estuve en el periódico El Expreso en Guayaquil, Ecuador, y en la primera conversación que yo tengo con el director del periódico, él me dice: “Yo estoy tan decepcionado con mis periodistas. Le quiero contar algo. Hasta los mejores periodistas que yo tengo no sirven para nada”. Claro, yo había leído el periódico antes de la reunión con él. Me lo habían llevado al hotel. Le había echado una buena miradita. Yo pensé: “Caramba, esta redacción que no sirve para nada, hoy hizo un periódico bastante bueno y aceptable, así que, la que está mal soy yo o esos eran los estándares de esta persona”.

Entonces, le pregunté lo obvio, y le dije: “¿Por qué usted dice eso?” Me dijo: “Bueno, porque mire, fracasaron en el examen que les hicimos”. Y yo le digo entonces: “¿Y usted me puede mostrar a mí el examen?” Me dijo: “Claro”. Y me pasó un examen que era así de gordo (muestra la medida con sus dedos). A propósito, yo lo tengo en casa porque me lo regaló. Y yo le echo una miradita al examen y lo sigo mirando y lo sigo mirando. Una cosa así (vuelve a mostrar el grosor del examen con sus dedos). Se lo devuelvo y le digo: “Ese examen, si yo lo cojo, fracaso también”. Entonces (se) me queda mirando horrorizado. Yo soy una asesora. Me están pagando en dólares. Me están pagando el hotel, las comidas, y allí yo estoy confesando mi absoluta ignorancia. Yo fui totalmente honesta. Siempre trato de serlo. “Y yo le voy a decir porqué: ese es un examen de gramática y algunas de las preguntas que están ahí yo ni siquiera las entiendo. Están hechas por personas expertas en gramática. Esto es una disciplina distinta. Lo que usted necesita es periodistas que manejen bien el idioma para contar una historia; una historia periodística, bien contada. Pero usted, si tuviera gente que es capaz de entender eso, seguramente los perdería muy pronto, porque se irían de académicos a la universidad. Y serían expertos gramáticos dando conferencias a nivel internacional. Esos son conocimientos magníficos, estupendos para el que los tenga. Pero no es un examen para periodistas. Porque todos fracasamos ahí”. Lo cual era perfectamente cierto. Yo alcancé a mirar unas preguntas y era como: “El pretérito pluscuamperfecto del complemento directo, todo esto relacionado con el futuro presente…” Y yo, aterrorizada.

Los periodistas tenemos que conocer el idioma. Ojalá conozcamos muchos detalles. Ojalá podamos hacer —y esto es necesario–un análisis gramatical simple, por lo menos, entender dónde está el complemento directo, pero no necesitamos saber todo lo que un gramático magnífico y estupendo, que ha dedicado su vida a eso, domina, porque entonces estaríamos en otra disciplina. Sí necesitamos —y esto es urgente que se sepa–manejar bien nuestro idioma, defenderlo a ultranza contra la contaminación innecesaria de otros idiomas y de la deformación del idioma. Y la necesidad de esa preocupación constante a nivel de todos los cursos de enseñanza, además de la universidad —que yo sé que hacen un intento enorme, tanto esta universidad (Universidad del Sagrado Corazón) como la Universidad de Puerto Rico–es seguir en esos esfuerzos y que a esos esfuerzos se unan entonces los esfuerzos de las empresas periodísticas que quieren tener el mejor periódico posible, el mejor producto posible. Y, a propósito de eso, lo que la Dra. Lugo dijo, en cuanto al tiempo necesario para llevar a cabo las tareas.

El tiempo en este momento es un ingrediente absolutamente indispensable, como siempre lo ha sido, para la buena producción de textos. Yo creo que esta locura, que esta generación de transición y pionera —y hay que aplaudirlos a todos los chicos que están trabajando en los medios ahora mismo—es algo que va a pasar. Estamos en un momento de transición; transición tecnológica, que luego viene el asunto económico. Ustedes saben que ha incidido también en la producción de los medios. Todo esto, yo entiendo, cruzo los dedos, ojalá que pase y volvamos a lo fundamental que es la defensa del idioma, la enseñanza del idioma, y luego también, por supuesto, la reafirmación de los valores de la profesión.

Gracias.

Ruth Merino estudió periodismo en la Universidad de Concepción, en Chile, su tierra natal; en la Universidad de Indiana, con una beca de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), y en la de Puerto Rico, donde obtuvo su maestría en periodismo. Es consultora de El Nuevo Día en el área de capacitación.

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Cómo contar historias
Por Ana Teresa Toro

Buenos días a todos y a todas. Antes De comenzar, yo quisiera agradecer profundamente la oportunidad y el privilegio que es para mí compartir la mesa con estas mujeres de medios,
con estas profesoras, que no tuve la suerte de asistir a ninguno de sus salones de clase nunca, pero han sido maestras a través de sus textos y a través de sus obras. También agradezco al Centro para la Libertad de Prensa en Puerto Rico y a la Fundación Educativa Carlos M. Castañeda por la invitación que me han extendido a participar de este foro sobre uno de los temas que más puede apasionar a cualquier persona que escribe: la herramienta esencial y la materia prima, lo que algunos le llaman “la plastilina” con la que moldeamos los relatos, la lengua común, el español.

Para no redundar, he querido enfocar mis comentarios en un aspecto muy específico sobre el uso del idioma. Me interesa, más allá de entrar en el tema de los aspectos gramaticales o concernientes al error, enfocarme en una vertiente del uso del español como instrumento esencial para los periodistas, que, hoy por hoy, es el recurso del cual mejor me agarro para intentar llegar a esa mirada distinta al momento de contar una historia, cuyo detalle probablemente muchos de los lectores ya conocen a través de la Red.

Comparto algo de mi historia y de mi formación. Cuando yo fui seleccionada como receptora de la beca para estudios en periodismo de la Fundación Carlos M. Castañeda, me disponía a realizar estudios no precisamente en comunicaciones. Había sido aceptada para comenzar estudios graduados en Literatura. El hecho de que el jurado que decidió otorgarme esa beca coincidiera conmigo en la necesidad de ahondar en otros saberes para un mejor ejercicio del periodismo, fue una señal importantísima para reafirmar el pensamiento de que no basta conocer la palabra escrita en su corrección gramatical para narrar historias con precisión. Si se quiere ir más lejos, es preciso verdaderamente profundizar, dominar y aprovechar esas otras herramientas que provee el idioma para comunicar.

Llegar a otros niveles del lenguaje es una herramienta indispensable que hay que considerar, si estamos hablando del español y estamos hablando de contar historias. Hablo de metáforas, de ritmo, de referencias literarias y, por ende, culturales, del uso y reuso de frases históricas con nuevos significados, de la aplicación de temas relacionados a la ficción, un poco más allá del uso del título, como el por de más malgastadísimo “Crónica de una muerte anunciada”. Yo creo que ya basta de la “Crónica de una muerte anunciada” o de todas las posibles formas de parafrasear ese título. La producción literaria, la música, la cultura popular, las artes plásticas, la gastronomía; todo lo que nos compone, pone a nuestra disposición una cantidad enorme de posibilidades para narrar, para que nuestros textos, nuestros relatos, no sean una escritura pasiva y documental, sino una escritura viva, activa, que no sólo cuente nuestro entorno sino que converse con él. Para esto, yo he decidido compartir algunos ejemplos de la cosa más activa, de lo que hacemos todos los días en la calle y compartir más o menos cómo he puesto en práctica esta dualidad en la formación y esto que les estoy presentando.

En una ocasión, me tocó hacer una historia sobre la basura en la playa de Ocean Park, y era una historia más sobre una playa contaminada. Todos conocemos las historias sobre playas contaminadas, hemos leído cientos de ellas, sabemos que después de la Noche de San Juan, la playa de Ocean Park está llena de basura. O sea, es un relato que ya conocemos. Y esa historia quizás no tenía mucho atractivo para un lector porque era una historia muy familiar. Decidí titular esa historia “Marejada infeliz”, haciendo una alusión directa a la canción de don Tite Curet Alonso, “Marejada feliz”. Por alguna razón, ese título sintonizó de alguna manera con los lectores y fue una de las historias más leídas ese día en la Web. Una historia que no tenía nada de diferente o nada de desconocido, nada de místico. Era una historia bastante simple sobre la documentación de un problema.

¿Por qué ese título funcionó? Ese título funcionó —no todo el mundo conoce la canción de don Tite, lamentablemente—pero sí mucha gente conoce nuestro vocabulario, nuestro uso puertorriqueño del español, que está repleto de referencias al vocabulario del mar. Todos hablamos del huracán, de aquél vino como una tormenta, de ese niño que es un “huracán”. Siempre tenemos referencias a todo lo que es el agua, a todo lo que es el mar, a todo lo que nos rodea. El uso de esa referencia funcionó, considero yo, por esa cercanía a la manera en que nosotros utilizamos el idioma. Tampoco importaba si la gente sabía o no la canción. No importa. La gente sabe lo que es una marejada y sabe lo que es la infelicidad, así que basta y se comunica. No interrumpe el uso de ese recurso cultural en la historia periodística. No interrumpió que se comunicara, que al final de cuentas, es lo principal.

En esa misma línea, otra historia parecida fue hacer el relato de un deambulante que llevaba tres días en una de las calles aledañas a la calle Loíza. Un hombre que llevaba tres días en la misma esquina de la calle, que estaba muy enfermo y que la Policía no había logrado hacer nada. Era una historia de un deambulante, similar a las miles de historias de deambulantes que conocemos y que todos sabemos que hay en el País. ¿Cómo contar esa historia para sacarle lo universal? Bueno, en ese momento viendo al hombre, tratando de hablar con él, me percato que no está en sus facultades mentales y, de repente, me llega a la cabeza la canción de Rubén Blades, “Sebastián”, que comienza su primer párrafo diciendo: “En cada barrio hay por lo menos un loco. El del nuestro se llamaba Sebastián”. Pues enganché el epígrafe de esa canción a la historia y todo el relato fue construido a partir de la estructura de la canción. Tres cocolos de Puerto Rico se habrán dado cuenta de eso. Nadie más. ¿Pero qué tiene esa alusión cultural a la música que tenga que ver con el relato periodístico? Que de repente la gente se da cuenta de que: “Mira, caramba, en mi barrio hay un Sebastián también. Hay un señor que se parece a este otro”. Es una integración de un recurso de la música, en estos dos ejemplos, que en función del relato periodístico es una manera de estirar el lenguaje, de verdaderamente percibirlo como plasticina y poder hacer un relato un poco distinto, un poco más rico.

Dos ejemplos más parecidos a ese y paso con otro tipo de ejemplo. Recientemente estuve trabajando unas historias sobre los problemas que hay en la editorial de la Universidad de Puerto Rico. Un poco eran unas historias algo iguales, un tema muy denso, muy pesado, hay muchas declaraciones, mucha cosa relacionada con temas de finanzas. Y llego, como parte de las actividades para hacer la historia, a hacer una inspección del edificio y me doy cuenta de esta enredadera violeta bellísima —que está justo frente a la entrada de la editorial—inmensa, que se está desparramando hacia el suelo y que, obviamente, estaba puesta allí por motivos de decoración, pero, ya al nivel que estaba el desparrame revelaba el descuido. La enredadera no dejaba de ser hermosa, pero tenía mucho que ver con el descuido y todo lo que estaba aconteciendo allí. De repente —una cosa que también tiene que ver con contar con buenos editores que estimulen ese tipo de uso de recursos—comencé una de las historias diciendo: “Una enredadera amenaza con entrar”. Y luego, todas las historias de seguimiento, en algún momento mencionaban la enredadera. El uso de esa imagen, una cosa de percepción, que es un recurso literario y la descripción permitió darle una continuidad a una serie de artículos que, de otra manera, pudo haber sido muy pesado de leer.

También cubriendo la huelga de la Universidad de Puerto Rico recientemente, uno de los temas más recurrentes eran los palos y las macanas y los policías y los estudiantes. Era como un antagonismo que ya se daba antes de entrar en cualquier discusión. Y, obviamente, las cosas ocurren en un contexto y en un momento histórico. Y las cosas tienen unos referentes al pasado que a veces el espacio —porque hemos hablado mucho de la inmediatez y hemos hablado también mucho de la urgencia, y todo eso—pero también un tema importante es el espacio. A veces, hay que contar el universo en cinco líneas. Y entonces, para llegar a ese tipo de concisión, hay que agarrar ideas más pequeñas que te transporten.

Para mí era importante darle algún tipo de contexto, de que esta huelga tenía sintonía con unas huelgas que ha vivido la Universidad, que al hablar de los macanazos, pues tenemos que recordar momentos sangrientos de la historia. Pues en algún momento, como preámbulo a una cita de una estudiante que hablaba del temor que sentía de recibir un macanazo, pues hice una breve alusión al policía: “Bueno, no estamos en los tiempos del míster con macana, pero….” Mucha gente no sabrá lo que era el míster con macana, por la canción de Roy Brown de las huelgas anteriores, pero sabemos que quienes usan las macanas son los policías, entonces, tampoco era tan complicado llegar a la idea. Y el que entendió el guiño sabe, y recordó: “Ah, caramba, en la Universidad ha habido otras huelgas que fueron sangrientas”. Inmediatamente viaja y obtiene su parte de contexto.

Bueno, eso por poner unos ejemplos de la cosa en la calle y cómo esos recursos que provienen de la lectura —como bien decía Ruth (Merino)—que provienen de la música, que provienen de los gustos, que provienen de los sentidos, de lo que uno olfatea, de lo que tiene cerca, de lo que tú escoges observar, de lo que está disponible para ti. Y muchas veces uno tiene mucho miedo de utilizar esas cosas porque también cuando uno asume este trabajo uno está expuesto a muchísima crítica. Hay muchísimos escritores que he entrevistado que siempre me dicen lo mismo: “Escribir es como hacer un acto de strip tease. Es como desnudarse”. Y verdaderamente lo es. Porque cualquier error es como mostrar cualquier arruga y como mostrar cualquier imperfección. Y eso requiere valor. Eso requiere una fortaleza de carácter, que un poco te la da atreverse a hacer este tipo de juego.

Entrando en el género periodístico de la entrevista, uno de los más divertidos, pero también uno de los que más uno entra en un estado de tensión para lograr que pregunta-respuesta batee y funcione. Está también el tema de la descripción, que es sumamente importante. Cuando se nos introduce un personaje en la literatura, por lo general, no se nos dice que es un personaje sobrio, callado y solitario. Se nos habla de que quizás tiene las paredes de la casa todas pintadas de crema, no hay un solo cuadro en la pared, los muebles son negros y que quizás hay un libro de matemáticas en un estante. Ya podemos ver a esta persona, podemos olerlo. No sabemos si tiene el pelo negro, pero entendemos su carácter. Y este tipo de recursos –que están en las lecturas, en las buenas lecturas y en todas partes–son muy eficientes a la hora, brevemente, de describir un personaje.

Les comparto una experiencia particular de una entrevista reciente al gobernador Luis Fortuño sobre el tema de cultura. Y parte del proceso de la entrevista fue conseguirla. Fueron dos meses de llamadas diarias: unos rechazos, unas aceptaciones, un sí y un no, bueno, una ambigüedad. Para mí era importante que eso apareciera en la entrevista, porque dice algo, comunica algo sobre la prioridad del lugar que tenía este tema en la agenda. Y tanto para mí, como para mi editora, era importante incluirlo. Y recuerdo que mucha gente se río, comentó o criticó que la frase que escogí para utilizar fue, precisamente, un recurso de la poesía, que es la hipérbole. Yo puse: “Esto fue una gesta epopéyica: conseguir la entrevista”. ¿Es una exageración? Definitivamente, porque no es una gesta epopéyica. En ningún lugar hubo un ejército frente a La Fortaleza esperando que abriera para que la entrevista se diera, ni mucho menos, pero también fue una exageración esperar dos meses con la ambigüedad y todo lo que hubo entre medio. Entonces, todo eso merecía ser reseñado. Dos palabras bastaron para que eso fuera así. Igualmente, siguiendo en la línea de la descripción de los espacios, en esa entrevista surgió un debate interesante porque el gobernador no hacía ninguna distinción entre la política sobre cultura y la política sobre turismo. Había como unos vínculos muy cercanos entre ambos temas y yo no estaba segura de que en sus expresiones eso quedaba claramente visto. Entonces, confié en el olfato, en la intuición y en la descripción. Y cuando salgo de La Fortaleza, voy caminando hacia mi carro, y están todas estas tiendas de souvenirs, de recordatorios para turistas, y no pude escapar darme cuenta de la cantidad abrumadora de coquíes, figuritas de coquíes, pintadas de verde y hechas en China. Entonces, me parecía que era una señal sumamente importante de que tenía tanto que ver con lo que el gobernador estaba hablando conmigo en términos de cuál es la política del País en torno al turismo y en torno a la cultura, que me parecía una forma muy eficiente de ilustrar esa dicotomía. Y recuerdo que la entrevista finaliza —yo no tengo que decirle a nadie: “Esto significa….”–simplemente con “cuando salí, me topé con los coquíes pintados de verde y hechos en China”. Basta. Allá el lector que haga sus lazos y haga sus vínculos, pero me pareció que funcionó.

Saliendo un poco de la descripción, quería también hablarles de otro elemento, de otra serie de elementos, pero uno en particular que, a mi juicio, es uno muy útil y uno muy divertido también, que provee la literatura para integrarlo al ejercicio del periodismo. Y hablo de la poesía. Pero no me refiero necesariamente a metáforas y símiles, porque a veces las metáforas enredan un poquito más las cosas y, a veces, merece la pena decirlo, contarlo tal cual y ya está. Pero me refiero a la métrica. Por ejemplo, hablemos de los títulos. Un título es la condensación máxima de una idea. Uno tiene que apretar, apretar, resumir y lograr ese título que, un poco, como un jugo concentrado, te vaya soltando el contenido del texto. Es tan parecido a lo que hace un poeta, versus un escritor de narrativa. El poeta dice en una palabra lo que el escritor de narrativa dice en un capítulo de 20 páginas. Se trata de comunicar esencia, de comunicar lo esencial. Y en términos de lo que son los títulos, pues un poco de poesía, digamos que no viene mal.

Y también el tema del ritmo. En cada idioma hay una cadencia. Hay un momento en el que el hablante respira. Y la poesía, en todos los idiomas, suele darte los indicativos de cuál es el ritmo y cuál es la cadencia de ese idioma. Está probadísimo, es muy estudiado, que en el español solemos hablar y respirar, por lo general, en octosílabos o en su duplicación, que vendría a ser el verso alejandrino. Por eso, a modo de ejemplo, una curiosidad: la décima es una cosa tan respetada en América Latina por los trovadores, y tan complicada; porque la décima puertorriqueña rompe esa estructura casi física de nosotros expresarnos en español. ¿Para qué hablar de métrica y de octosílabos y de todo eso? Bueno, porque los títulos que suelen tener más éxito, casi siempre tienen esa estructura. Y los títulos que más atrapan casi simpre tienen esa métrica y ese sonido, porque un poco tienen mucho que ver con cómo suenan familiares y nos pegamos de ellos y nos agarramos de ellos porque se expresan como nosotros nos expresamos.

Para eso pongo un ejemplo que a mí me parece uno perfecto. Hay mucha gente que no recuerda de qué trata la película, que nunca han visto la película, pero conocen el título y también lo han parafraseado mil veces. Y ya es un título que pertenece a nuestro imaginario, a nuestra cultura popular y diría yo que de Hispanoamérica. Y me refiero al título de la película “Sexo, pudor y lágrimas”. Es un título octosílabo perfecto y está en un orden perfecto. De la palabra más breve a la palabra más grande, con una cosa rica con la “r”, en cada lugar muy bien puesta, y es un título que atrapa. Es un título que atrapa porque habla como nosotros, se expresa como nosotros. Y yo pienso que un poco conocer estos elementos del lenguaje y dominarlos suena muy sofisticado, suena muy complicado, pero estas historias de las que les estoy contando no son historias para las que hubo cinco semanas o una semana o siquiera un día para uno sentarse a escribirlas. Muchas de ellas, como la de Ocean Park, se escribió en la playa con el sonido de las olas de fondo, y son cosas que se hacen en el calor del momento. Pero si eres un lector, y si te gusta la música, y si estás atento a tu entorno, las referencias llegan. Es un poco confiar en el olfato Quisiera finalizar los ejemplos con otro recurso literario que ya es un poco más de lo que sería el análisis literario, que me parece interesante y divertido de utilizar porque refleja mucha honestidad. Y me refiero a la duda. Muchas veces, hablar de periodismo y duda es como hablar de lo imposible o hablar de lo más incorrecto. Pero hay momentos en que las cosas parecen, o las cosas se perciben, y la percepción es verdadera. Y yo confío mucho en los artículos periodísticos donde me doy cuenta que quien escribe está dudando. Primero, porque me permite entrar a la debilidad del redactor. Se muestra tal cuál es. Verdaderamente se desnuda. Y segundo, porque para mí la duda es una señal muy clara de humildad y de honestidad.

Quiero compartir con ustedes un minúsculo párrafo de una crónica que trabajé en Medellín en un taller de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Era un taller de crónica cultural. Teníamos que escoger un elemento de la Feria de las Flores de Medellín y redactar una crónica sobre ese tema durante los diez días que estuvimos allí. Y yo escogí el tema de los trovadores, tema que me gusta muchísimo y conociendo uno, llegando al otro, preguntando, “pim pum pan”, tuve la suerte de dar con los trovadores que Pablo Escobar solía secuestrar para que cantaran en sus fiestas privadas. Entonces, entrevisto a este hombre que le dicen, su nombre como trovador, ex trovador porque ya no lo hace, era “El Marenillo”, pero se llama Germán. Y dice así: “Germán es comediante. Pícaro. Gracioso sólo por aparecer. Se le ve lo de jodedor. Cae bien. Podría ser vendedor. Le vendería neveras a esquimales con facilidad. Ha sido trovador. Conoce mezclas de frases, de recetarios, de palabras eficientes. Pero al hablar de eso, de los años en que trovaba de narcos y muertos, hay que mirarle un poco más la cicatriz finita y olvidada que le atraviesa la nariz y la mejilla derecha. No le pregunté cómo se la hizo. Está ahí la marca y eso es suficiente. Quizás fue afeitándose o alguna tontería. Pero el cronista quiere señas. Y ese rostro enmarcado, con relieves, montañoso, las ofrece. Me vendió su cicatriz y se la compré”.

Digamos que pienso que la duda de lo qué pasó, si habrá sido en alguna de esas noches extrañas en las que él cantaba… o quizás no. Pero la duda, me parece que le da más fuerza al personaje que quitársela o que meramente decir que se hizo su cicatriz y ya. Y me robo la oportunidad de un último ejemplo, porque lo recordé ahora, y creo que merece la pena. Y tiene que ver también con la crónica roja o policiaca. Muchas veces, es difícil para cualquier redactor narrar la tristeza, narrar el horror. ¿Cómo se cuenta la sangre? ¿Cómo se cuentan esas cosas? Y yo creo que en estos recursos externos o extremadamente internos del lenguaje hay mucho de posibilidad en ello.

Y recuerdo que en ese entonces estaba trabajando en El Vocero, y estaba cubriendo uno de los muchos episodios de la masacre de Toa Baja. Entonces, me toca ir a cubrir el funeral de la bebé que nunca pudo nacer, que su mamá recibió varios impactos de bala en la barriga. Es, obviamente, una escena absolutamente dura, tristísima, en la que cualquier persona con estómago se siente verdaderamente de más. Pero, igual, las vidas no pueden ser vidas, no pueden ser cifras. Hay que darle nombre y apellido a la muerte. Hay que estar allí y contar. ¿Cómo se hace? Recuerdo que estábamos allí, éramos varios, y la mujer llega recién sacada del hospital, sentada en una silla de ruedas, con una batita amarilla. Todavía tenía algún tubo amarrado de alguna cosa en su cuerpo. Y ella llega, la van llevando, llega al área donde va a ser el acto privado de la familia. Le traen el pequeño féretro blanco donde por lo general se entierran a los bebés recién nacidos. Y le entregan la cajita a la mujer. Y la mujer comienza a mecerla, a arrullarla, como si estuviera meciendo a su bebé en una mecedora. Obviamente, esa escena solamente, creo que es más que suficiente para narrar lo que se estaba viviendo allí en términos emocionales. Con eso tú cuentas el saldo de la violencia, con eso tú cuentas tantas cosas. No hace falta decir que la abuela se “esmelenó” llorando y que las primas se abrazaron y gritaron. El padre maldijo el clero… Nada de eso hace falta. Yo creo que esa escena es más que suficiente para ilustrar el horror que se está viviendo allí. Y es una escena que, contada como se cuenta cualquier escena de cualquier cuento o cualquier narración literaria, funciona muy bien porque después de todo se está observando. Tú no estás contando: “Yo vi, me dijeron…” No. Allí había. Allí se dijo. Entonces, un poco creo que funciona.

Y bueno, toda esta serie de ejemplos, de posibilidades de integrar elementos narrativos más eficientes, estoy segura que no es cosa nueva. Sabemos que no es cosa nueva. Hay miles de maestros que lo han hecho por toda una vida. Pero en tiempos en que la absoluta prioridad es el dominio de lo último en la tecnología, me parece pertinente recordar que de nada sirve un grandioso aparato si el relato no tiene estructura, si el reportero no ha domesticado bien su instinto, si no sabe en qué fijarse, hacia dónde enfocar la mirada y, sobre todo, cómo contar una historia, porque a fin de cuentas, de eso se trata. Recuerdo que mi compañero Pablo Arroyo León y yo, trabajamos un proyecto para el Overseas Press Club que titulamos “Nuevos medios, viejas mañas”. Creo que en este momento ese título es más pertinente que nunca. Ya no hay tal cosa, no tenemos que tener la ilusión de la noticia que rompe en un diario, porque probablemente el suceso inesperado aparecerá en la red social de moda antes que cualquier periódico logre documentarlo. Pero ahora el periodista que pueda narrar verdaderamente el suceso, documentarlo, darle por medio de la palabra el aliento de vida que la inmediatez le quita, tendrá posibilidades de trascender. Y en tiempos en los que se cierran diarios de tradición alrededor del mundo, en los que abundan los cuestionamientos en torno a la pertinencia de la profesión, y hay quienes incluso cuestionan si el oficio va a prevalecer, considero que es en nuestra lengua, en la palabra, en el idioma que nos hermana donde radica el suelo firme que todos podremos pisar. Y donde radica la certeza de que si dominamos el uso de nuestra herramienta esencial, no tendremos nada que temer. Habremos salvado nuestro oficio y vamos a salvar nuestra especie. Muchas gracias.

Ana Teresa Toro es reportera de El Nuevo Día, donde cubre temas de cultura. Es egresada de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, y obtuvo su maestría en literatura y cultura hispanoamericana en la Universidad de Nueva York, Recinto de Madrid. Fue becada de la Fundación Carlos M. Castañeda para proseguir estudios de maestría en Madrid.



ACTIVIDADES DE 2010 EN PUERTO RICO